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Nadie puede
pensar que yo crea que Bush, sea un
dechado de virtudes o que la política
llevada adelante por el Gobierno de EE.UU.
sea un ejemplo a imitar (lejos de ello),
pero intentar personalizar todos nuestros
males en ambos, es cuando menos una
exageración.
Pasó la
Cumbre de las Américas de Mar del Plata,
su balance negativo no llenó las
expectativas de muchos y se perdió una
oportunidad más, para discutir de cara al
futuro los graves problemas que nos
afectan y nos seguirán afectando en los
tiempos venideros.
Bajo el
exclusivo pretexto de una oposición
encarnizada a un ALCA inviable, que no
conforma ni encanta a nadie (ni a sus
defensores más acérrimos), deliberadamente
se omitió incluir en la agenda otros temas
de incidencia directa e inmediata, que
merecían una atención prioritaria.
Dentro de la
columna del “debe” de la Cumbre, el tema
ambiental se destaca con nitidez dentro de
la compleja problemática americana, el que
abarca desde cuestiones macro a temas
domésticos, pero que todos en mayor o
menor medida inciden en la dignidad y
calidad de vida de millones de seres
humanos que habitan este continente.
El repudio a
Bush (un oscuro actor de la política
imperial norteamericana, reemplazable por
otra parte), vino como anillo al dedo,
para que cual canto de tero, se ocultaran
otras urgencias, sobre las cuales pocos
quieren abordar seriamente en la política
nacional.
Con excepción
del Presidente Venezolano Hugo Chávez, en
un kilométrico discurso, clásico del
comunismo ruso o del socialismo cubano,
nadie más encaró la temática del ambiente,
alertando claramente sobre los riesgos que
se ciernen sobre el futuro común.
No dejó de
extrañar a todos aquellos que
privilegiamos la calidad de vida de los
seres humanos por encima de los acuerdos
comerciales, la ausencia de planteamientos
relativos al cambio climático y sus graves
consecuencias motivadas por lluvias
torrenciales, tifones, huracanes,
inundaciones, sequías, aumento de las
temperaturas medias o el elevamiento del
nivel del mar, sobre todo estando presente
el país (EE.UU.) que más gases de efecto
invernadero emite y que no ha ratificado
el Protocolo de Kioto.
A esta
crítica cuestión, sumemos: el agujero de
la capa de ozono, asentado sobre el Sur
del continente, la deforestación, cuya
tasa es de las más altas del mundo, la
transferencia de industrias contaminantes,
el aprovechamiento insustentable del agua
dulce, la minería a cielo abierto con la
destrucción de ecosistemas sensibles,
realizada prioritariamente por empresas
del Norte americano, algunas asociada con
el Gobierno de Santa Cruz.
Insisto, Bush
y el FMI fueron una buena excusa para
disfrazar los ejes y no asumir que desde
el Gobierno Nacional se insiste en el
modelo agroexportador de recursos
naturales, especialmente sojero. Menos se
intentó proponer un sistema de desarrollo
más sustentable y equitativo. Tampoco hubo
alusión alguna al hecho de que hoy y pese
a los discursos altisonantes en contrario,
Argentina paga más que nunca al injusto
sistema financiero internacional, que
consume gran parte de los esfuerzos y
recursos de todos sus habitantes.
Ningún
analista, comunicador o funcionario se
acordó de mencionar que la transferencia a
empresas o países extranjeros del petróleo,
el gas, el carbón, los teléfonos, la
energía eléctrica, el acero, las líneas
aéreas, los servicios sanitarios (cloacas
y agua) y red ferroviaria, puertos,
aeropuertos, rutas y autopistas, no fue
consecuencia del ALCA o intervenciones
foráneas, sino de la acción directa de
nuestros representantes, algunos sentados
en el sillón de Rivadavia, legisladores y
gobernadores de provincias, con la
aquiescencia social, quienes en la mayoría
de los casos siguen desempeñando esos
cargos, también por decisión de la
soberanía popular.
Nadie se hizo
cargo de cómo un país de ciudadanos, haya
devenido en uno de pobres e indigentes que
viven de la basura. Ninguno expresó que lo
que Chávez anuncia como un logro, el
arribo por primera vez en 100 años a la
Argentina de un barco con petróleo
venezolano, sea un baldón difícil de
sobrellevar y que no se exijan
responsabilidades al respecto. Más
teniendo en cuenta, según algunas fuentes,
que producir un barril de petróleo cuesta
en el país cuatro dólares y medio y en el
mercado vale 70 dólares y que el petróleo
y el gas se extraigan sin control del
estado
Dentro de
tantas rarezas, extraña que no se haya
reseñado cuál debería ser el modelo
energético común para los próximos años,
mientras en el plano interno se sigue
financiando la terminación de la Central
Nuclear de Atucha II o se suscriban
compromisos para la construcción de nuevas
represas.
Oponerse al
ALCA no está mal, lo que no está bien es
rehuir un debate por la positiva
planteando cuál es la visión estratégica
de Argentina para una integración
equitativa y superadora de la visión
neoliberal imperante y que redunde en una
mayor eficacia en el despegue nacional. |